En conversaciones anteriores hemos aclarado que en nuestra mente interactúan dos grandes bloques: el córtex y el substrato. El córtex es racional, analítico y extremadamente capaz: lo entiende todo. El substrato, en cambio, actúa de forma automática, es más primitivo, pero también mucho más persistente. Esta dupla se comporta como un matrimonio desgastado: el córtex razona, protesta, incluso se rebela, pero al final siempre acaba cediendo ante la tenacidad del substrato.
Como bien señalaba Antonio Damasio, “no somos máquinas pensantes que sienten, sino máquinas sentimentales que piensan a veces”. Esta frase resume con precisión la dinámica interna que condiciona nuestras decisiones, incluso las aparentemente más racionales.
Por otra parte, también hemos señalado que, aunque existen varios instintos en la mente humana, el más esencial de todos es el instinto social. Este instinto no busca simplemente la cooperación: busca el equilibrio de la energía grupal, es decir, una estructura interna que permita a la comunidad mantenerse unida sin implosionar. Por eso, cuando hablamos de estructuras políticas razonables, tenemos que empezar por comprender cómo funciona ese instinto que da forma a nuestras organizaciones colectivas desde dentro.
Instinto social y la civilización actual
Muchas cosas han cambiado: la urbanización, la tecnología, la complejidad institucional… Pero nuestro cerebro sigue siendo, en lo esencial, el mismo que habitaba en las llanuras africanas. Si antes mi tribu era de 100 o 150 personas —a quienes conocía personalmente—, ahora mi sociedad es una nación. ¿Se pueden equiparar estos fenómenos tan distintos?
En la tribu existía una jerarquía natural, visible y compartida: todos conocían a todos, y cada uno sabía cuál era su lugar en la escalera social. Por eso sí tenía sentido hablar de una pirámide social real, vivida. En su base se encontraba la mayoría del grupo, mientras que a medida que uno ascendía en prestigio y poder, el número de miembros que compartían ese nivel disminuía. Así, cuanto más arriba se subía, más estrecho era el entorno. El jefe de la tribu, en lo más alto, habitaba una forma de soledad estructural: todos lo veían, pero él ya no tenía iguales a su alrededor.
Todo estaba a la vista de todos. La estructura social era observable, comprensible e inmediata: se vivía, no se teorizaba.
Robin Dunbar, antropólogo y psicólogo evolutivo, definió este umbral de reconocimiento social directo como el “número de Dunbar”: alrededor de 150 personas, el límite cognitivo para mantener relaciones sociales estables. Más allá de eso, necesitamos mecanismos artificiales —mitos, leyes, sistemas de representación— para sostener la cohesión.
Por tanto, si el instinto social es la base estructural de nuestra organización colectiva, lo que entendemos como estructuras políticas no son más que proyecciones ampliadas y racionalizadas de patrones que ya estaban impresos en nuestro modo de ser. Así como el substrato impulsa la necesidad de cohesión y jerarquía, el córtex intenta formalizar y justificar ese impulso con instituciones, sistemas y teorías. A partir de aquí, podemos observar cómo este instinto opera en la sociedad moderna: la pirámide no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de escala y apariencia.
¿Puede que en la sociedad actual ya no exista esta pirámide social y todos seamos iguales?
Pero al mirar un poco alrededor, veo una base muy amplia en la sociedad. Esta gente es fácil de ubicar: sus ganancias apenas les permiten llegar a fin de mes, se permiten realmente pocas cosas y se dedican a tareas de mínima responsabilidad y máximo desgaste físico – los llamados rednecks (literalmente, ‘nuca roja’), según la tradición estadounidense
Más arriba están los profesionales con la llave inglesa: su trabajo sigue siendo duro, pero requiere mayor conocimiento y, por tanto, un mayor nivel de estudios. Son los llamados solapas azules (blue collars). Luego viene la gente universitaria —las solapas blancas—, cuyas tareas suelen implicar mayor responsabilidad y menor desgaste físico.
Y estos son solo los escalones más básicos. Todos sabemos que hay mucho más: empresarios, propietarios de inmuebles, terratenientes… Aquí sí, el tamaño importa. No solo porque ya de por sí hay poca gente en estos niveles, sino porque cuando más recursos se acumulan en unas pocas manos, mayor es el poder decisivo que tiene esa persona en la sociedad. Como bien explicó Pierre Bourdieu: “no basta con el capital económico: la élite se reproduce también mediante el capital cultural y social, y eso marca distancias invisibles, pero decisivas.”
Así que sí: la pirámide social sigue siendo visible, y como toda pirámide, acaba en un punto. En lo más alto están el líder y quienes se encuentran cerca de él: la élite.
Entonces, ya no necesito conocer personalmente a todos los miembros de mi sociedad. Hoy, con pocos datos sobre una persona, ya se puede deducir bastante información relevante. Piénselo: hoy no existe ninguna persona capaz de fabricar por sí sola un objeto tecnológico complejo. Es más, muy a menudo ni siquiera conocemos a todos los implicados en ese proceso: pueden trabajar en otro turno, en otra fábrica, en otra ciudad.
Y sin embargo, el sistema funciona. ¿Por qué? Porque nos siguen dirigiendo los mismos mecanismos que antaño: la confianza mutua. Sobre esa base invisible se construyen cosas tan concretas como la división del trabajo o la delegación de tareas administrativas. No necesito conocer personalmente al otro para interactuar con él: compartimos idioma, cultura, valores, incluso gestos. Eso basta. Sé que esa persona, aunque anónima, funciona con los mismos códigos que yo, ha recibido una educación parecida, y eso ya me permite anticipar su comportamiento en términos generales.
De ahí nace esa confianza, aunque sea indirecta, pero no ciega: está basada en suposiciones de peso. Y lo importante es que, en gran parte de los casos, estas conjeturas son acertadas.
Pero aún hay más. Aunque jamás haya visto a esa persona, aunque nunca hayamos interactuado directamente, mi instinto social puede deducir mucho con solo saber a qué se dedica. A partir de ahí, puedo intuir su lugar aproximado en la jerarquía social: su nivel económico, su forma de vestir, sus hábitos de consumo, incluso su manera de pasar el tiempo libre, al menos en términos generales. Por supuesto, hay excepciones. Pero como suele decirse: las excepciones no niegan la regla, sino que la confirman.
Así que sí: muchas cosas han cambiado. Estamos en otra dimensión, con otra escala, otro ritmo y otra óptica. Pero seguimos aquí porque nuestros ancestros nos forjaron las bases. Y lo que observamos hoy, al fin y al cabo, son los mismos fenómenos, solo que magnificados.
La élite
Parece evidente que nuestros ancestros han marcado la forma de nuestro desarrollo, y que aún hoy nos movemos dentro de ese patrón estructural heredado. En el artículo anterior mencionamos que ningún grupo biológico de primates puede funcionar sin una figura de liderazgo. Pero en nuestro caso, eso no es suficiente: la sociedad humana ha evolucionado hasta hacerse demasiado compleja para depender de un solo líder.
Las tareas se han multiplicado: hay que administrar territorios, gestionar recursos, representar al grupo ante otros, organizar la defensa, regular los intercambios, mediar en los conflictos… Ningún individuo, por capaz que sea, puede abarcar todo eso por sí solo. Por eso, el liderazgo humano requiere apoyarse en personas responsables de bloques de tareas específicas: administración, economía, seguridad, cultura, etc.
Además, el poder ya no depende solo del rol formal. Existen personas con grandes patrimonios, y con ello, un gran poder de decisión sobre la vida social. En los grupos pequeños del pasado no podíamos hablar de esto: la escala era otra. Pero en las grandes sociedades, esta figura es esencial: el líder necesita rodearse de personas clave, tanto para ejercer el poder como para evitar conflictos innecesarios. Ahí aparece la élite.
Entonces la élite no es una anomalía, ni necesariamente un privilegio ilegítimo: es una estructura funcional. Como decía Gaetano Mosca, “en todas las sociedades, desde las más primitivas hasta las más civilizadas, se puede observar que siempre hay una minoría que gobierna y una mayoría que es gobernada”. El líder, para poder gobernar con eficacia, debe dialogar con quienes tienen peso social, económico o simbólico. De esa forma, se tiene en cuenta el interés de los actores más influyentes, y con ello se reduce la fricción interna y se mantiene la cohesión del grupo.
La pirámide crece, pero no desaparece
Precisamente a eso me refería cuando decía que la estructura sigue siendo piramidal, con un líder en la cúspide, pero que la óptica ha cambiado. Todo es más grande: las sociedades, los territorios, las funciones… y por eso el núcleo de liderazgo también se amplía. Ya no es un solo jefe de tribu, sino un líder acompañado de su élite, una pequeña fracción de la sociedad encargada de ayudarle a administrar una hacienda cada vez más compleja.
Es curioso cómo, en el otro extremo de la balanza, los pensadores idealistas —abstraídos por conceptos elevados y utopías de igualdad— han propuesto estructuras planas, sin jerarquías, sin élites. Y, como siempre, alguien termina probando estas ideas primero. A veces movido por esperanza auténtica; otras, simplemente por el deseo de pasar a la historia como quien “enseñó al mundo cómo no deben hacerse las cosas”: premio Darwin en sus raíces.
La Unión Soviética es uno de los ejemplos más elocuentes. Allí, la contradicción entre el discurso igualitario y la realidad fue tan evidente que el sistema terminó colapsando desde dentro. Mientras se proclamaba la abolición de las clases sociales, una nueva élite —la nomenklatura— concentraba el poder real, ejerciendo represión y adoctrinamiento sistemático. Esa brecha entre lo ideal y la práctica fue tan obvia para la población, que la caída del sistema fue solo cuestión de tiempo.
Como escribió Orwell en su célebre fábula política Rebelión en la granja:
“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.”
Vale, puede que en la Unión Soviética solo vivieron unos inútiles estúpidos, y que nosotros, con toda la experiencia acumulada por la humanidad, sí sepamos esquivar los lechos rocosos del pasado. Así que:
¡Den una oportunidad a la nueva generación, y nosotros —los puros— exterminaremos la casta!
Y he aquí el milagro: los luchadores por la igualdad se organizan en una estructura piramidal. Y no cualquier pirámide: con su base legislativa bien trazada, su cúspide bien definida, su líder bien visible, rodeado de su élite, eso sí —sin caspa. Han vencido.
¿Pero por qué solo ellos? Hay muchos (y muchas, por supuesto) que ponen la igualdad como base de su ideología.
Por cierto: si hablas de igualdad, ¿por qué hablas por separado de muchos y muchas?
¿Qué sentido tiene acentuar tanto las diferencias?
¿En qué momento dejamos de ser todos iguales?
¿Será cuando queréis que choquemos los unos contra los otros, frente contra frente?
Algunos de estos adeptos de igualdad se arraigaron en el Olimpo político ya hace tiempo. O sea, han tenido tiempo para estructurarse. Pero ¿qué encontramos allí? La misma pirámide.
Y esta contradicción es tan grotesca que toda mi naturaleza de simio entra en estado de rebeldía:
¡Yo no quiero ser igual que todos!
¡Yo quiero que al menos me reconozcan el derecho de conquistar mi exclusividad!
Es más: NADIE quiere ser igual que los demás. Todos deseamos desarrollar nuestra individualidad al máximo. Cada uno quiere ser el único, para así alcanzar la plenitud, la felicidad o mejor calidad de vida al menos, y con ello, aportar más a la sociedad en la que vive. Por ende, el deseo de igualar a todos es antinatural. Solo puede proponerlo alguien que nos quiere ver como una manada de ganado.
Mientras tanto, mi deseo es auténtico, porque me lo exige mi substrato, junto con el substrato de todos los demás, vibrando en sintonía:
¡AMÉN!
Bibliografía:
- Damasio, A. R. (2005). El error de Descartes: La emoción, la razón y el cerebro humano (10. ª ed.). Barcelona: Editorial Crítica. (Obra original publicada en 1994)
- Dunbar, R. (2010). El mono social: La evolución del cerebro y el origen de la mente humana. Barcelona: Editorial Crítica.
- Bourdieu, P. (2002). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus.
- Mosca, G. (2007). La clase política. Madrid: Tecnos. (Obra original publicada en 1896)
- Orwell, G. (2006). Rebelión en la granja. Madrid: Ediciones Destino. (Obra original publicada en 1945)
Deja un comentario